Skip to main content

Full text of "Sergio Stipanic 1998 Final De Un Juego"

See other formats


Si i pan ic 



F 


ími 1 d 

Uli J'üSgO 







FINAL DE UN 
JUEGO 




Colección "Carabela'* 




Sergio Stipanic 


FINAL DE UN 
JUEGO 


Solaris 



Impreso en Uruguay 

FINAL, DE UN JUliCK) 
Primera edición 
Julio de 1998 

Dirección de Colección Carabela 
Rubén lx>za Aguerrebere 
Dirección Hditorial 
Ximena Piqué 
© 1998 Dlanes S A 
Rincón 680 - Montevideo -Uruguay 
Diseño de tapa e interiores 
Marcel Vidarl - 099-63.40.74 


ISBN 9974-589-10-X 



Final de un juego 


PRÓLOGO 


Ya se sabe que la literatura es un universo dentro de este 
universo, y que sin ella el mundo bastante anodino en el 
que pasamos la mayor parte del tiempo sería casi siempre 
insoportable. 

La actividad de escribir es más ardua que lúdica, más 
ingrata que exitosa y, sobre todo, poco comprendida y res¬ 
petada. Por eso siempre nos asombra que haya gente capaz 
de identificarse con ella. 

Gente capaz de renunciar durante horas, meses y años a 
la “vida" para dedicarse a combinar palabras e imágenes 
que pueden aportamos datos sobre la otra Vida a la que no 
podríamos llegar a través de la razón y la percepción me¬ 
canizada. 

Si existiera un arquetipo del escritor que sólo se mani¬ 
festara a través de la gestualidad, la reflexión y el misterio, 
Sergio Stipanic lo representaría como pocos: es solemne, 
estático, parsimonioso y su mente suele viajar sin prisa y 
sin pausa por inalcanzables laberintos en los que alienta 
aquello que no hemos alcanzado aún. También por lo que 
conocemos demasiado: esta condición humana que sobre¬ 
vive milagrosamente a pesar de las catástrofes y el dolor. 


- 9 - 



Sergio Slipamt 


Parco, concentrado, hipersensible, capaz de sumirse en 
insondables silencios por los que también debe navegar su 
ocasional interlocutor, Stipanic parece absorto en un pro¬ 
fundo mundo interior que no excluye casi nada de los otros 
mundos y que oscila entre la pena y algo que se parece a la 
plenitud. 

Por suerte para él, y también para nosotros, no se ha 
identificado nunca con el rol de “escritor” y vive su voca¬ 
ción con la espontaneidad con que la asumiría alguien que 
no especula con éxitos, exégesis, reconocimiento y admi¬ 
ración. 

Stipanic escribe por necesidad. En alguien que ha re¬ 
nunciado casi deliberadamente a la palabra oral, la escritu¬ 
ra suele ser un exorcismo y una salvación. Nada más ajeno 
a lo superfluo, en suma. 

Su libro hablará quizás por sí mismo con más exactitud 
que cualquier introducción. Pero es conveniente que el lec¬ 
tor sepa que es la obra de alguien que ama la literatura y 
que quizás por eso mismo ha comprendido que nuestro 
desencantado pasaje por este mundo tiene en las palabras 
uno de los pocos sucedáneos de eso que la gente muy triste 
denomina felicidad. 

Vale la pena seguir a Stipanic en su huida. Este es tam¬ 
bién un encuentro con nosotros y con parte de lo que esta¬ 
mos buscando desde siempre. 


Ricardo Prieto 


- m 



Final de un juego 


FINAL DE UN JUEGO 


Lo conocí en París. Recuerdo que fue durante el mayo 
caliente de 1968 patrocinado por unos miles de estudiantes 
que habían comenzado la revuelta y parecían justificar el 
desorden con imaginarias propuestas que atraían a los inte¬ 
lectuales, los oficinistas, las prostitutas y hasta a algunos 
obreros que se mantenían a la expectativa. Luego, ocho 
años después, me encontré con el en una esquina de Bue¬ 
nos Aires, Corrientes y Callao, a la salida del subte. Era un 
tipo alto, larguirucho y flaco, con una barba hirsuta y roji¬ 
za que no tenía en el encuentro anterior y que escondía 
apenas su cara de niñoviejo. Me trocó por una caja de 
(¡¡lañes el ejemplar de Clarín que yo llevaba arrollado de¬ 
bajo del brazo, tratando de protegerlo de la lluvia. Así, con 
esa contraseña, nos reconocimos otra vez y si bien en París 
ya no había barricadas ni estudiantes revoltosos, en Bue¬ 
nos Aires pasaban muchas cosas raras. Los vientos del sur 
aceleraban el frío invernal de la tarde. 

Caminamos en dirección a la Casa Rosada hasta llegar 
al Ondines, café en el cual nos reuníamos habitualmente 
con Rita. Y mientras íbamos caminando la gente nos ob¬ 
servaba atentamente, curioseaban dándose vuelta y pen¬ 
sando reconocer, equívocamente, a Cortázar junto a un di¬ 
minuto admirador de sus obras literarias. Sí hubiéramos 
caminado por París nadie se hubiera percatado de nuestra 
presencia. Pero la gente en Buenos Aires se imagina mu- 



Sergio Slipanic 


chas cosas absurdas cuando se acerca el apocalipsis o cuan¬ 
do se sienta largas horas frente al la pantalla del televisor. 
Allí estábamos ahora, sentados a una mes del Ondines, 
tomando café, fumando, buscando jeroglíficos detrás de los 
cristales de la ventana. 

Simplemente nos dejábamos llevar por ese inventario 
callejero que incluía a los Falcan corriendo dueños de la 
calzada con sus estridentes sirenas y sus ocupantes osten¬ 
tando las Browning , por los ruidos de la loza que manipula¬ 
ban los mozos del bar, por la discusión en voz queda de la 
joven pareja sentada en la mesa de al lado, por el paso de 
los transeúntes que observábamos a través de la ventana 
esmerilada por las gotas de lluvia que parecían lágrimas de 
vidrio, por esas sombras apuradas que intentaban escapar 
al chaparrón o simplemente simular que no iban a ningún 
lado. Un espectro de la ciudad encajonada por los edificios 
de enfrente, un complejo gris, monótono, depresivo. Y Ju¬ 
lio quería, empecinadamente, presenciar allí un crepúscu¬ 
lo. Me había confesado su pasión por ellos, su hobby _de 
fotografiarlos cada vez que se encontraba en Montevideo 
y se alojaba en el Columbio , donde podía ver el puerto, la 
bahía, la escollera, y más allá el Cerro, y abría una pequeña 
ventana del baño por donde solo se podía observar las ve¬ 
tustas construcciones de la Ciudad Vieja con sus mirado¬ 
res, y alguna vez, unas raras palomas posadas sobre un muro 
de ladrillos, antes que llegara la noche con una luna redon¬ 
da, boba, inerte. Julio me citaba, además, el crepúsculo del 
cuadro de Daumier sobre el asalto a la Comuna de París. 
Decía que esos comuneros habían ido al asalto del cielo y 
se interrogaba: “¿Valía la pena hacerse matar?”. Mientras 
él encendía uri nuevo cigarrillo yo me contestaba en silen¬ 
cio la pregunta. Luego, completamente abstraído, Julio mur¬ 
muraba: “Une galerie á jour pour prende le .soled”. 


- 12 - 



Final ilc un juego 


En París, esa misma tarde, seguramente se vería caer el 
sol detrás de la torre Eiffel. Claro que no estábamos ni en 
París ni en Montevideo sino en Buenos Aires donde todo 
se teñía de gris. Cielo, paredes, árboles, hombres, ideas. 
(Vano pretendía Julio, entonces, contemplar un colorido cre¬ 
púsculo. 

Pero allí estaba, imperturbable, esperando el milagro de 
la redención, sentado a una mesa del café de la avenida 
(’orrientes. 

Las veces siguientes que me reuní con él fueron, preci¬ 
samente en París, en su apartamento de la rué de Sévres. Y 
fue allí que conocí a Alejandrina. Hasta entonces nunca 
me había hablado de ella y así es que yo ignoraba su exis¬ 
tencia. El primer encuentro tuvo una significación muy 
importante para mí (por sus consecuencias futuras) y para 
él también (por lo que pude vislumbrar después). 
Ale jandrina era sigilosa, de unos extraños y cautivantes ojos 
verdes que lo observaban todo. Pronto me di cuenta de un 
detalle: era muda. 

Con Julio jugábamos construyendo palíndromas. Recuer¬ 
do que él había creado uno, inspirándose en una rata con¬ 
secuente que había aparecido ese día en el apartamento y 
nos acechaba quieta en un rincón de la cocina. Esperaba 
las migajas de pan que Julio, como si fueran municiones, 
le arrojaba violentamente al tiempo que reía a carcajadas. 
Le buscó un nombre: Satarsa. Asimismo, yo podía obser¬ 
var que Alejandrina detestaba al roedor, quizás por su con¬ 
dición femenina, y se contenía de ahuyentarlo por temor 
perturbar el deleite y la jocosidad de Julio. También jugᬠ
bamos construyendo diálogos de ruptura. Allí participaba 
Alejandrina, que era una excelente polígrafa y sabía emitir. 


13 



Sergio Stipanic 


a pesar de su mudez, valiéndose de gestos, espléndidos 
mensajes codificados que eran ininteligibles para otros que 
no fuésemos Julio y yo, me refiero especialmente a Loza¬ 
no que a veces participaba de las reuniones. Alejandrina, 
con sus poses, era capaz de provocar diálogos de ruptura 
tales como: "Te quiero a (i aunque él..o “Necesito estar 
ahora contigo pero siento que..Hn general, se mostraba 
mimosa con Julio aunque, a veces, intentaba seducirme y 
entonces yo presentía e imaginaba el deslizamiento de cuer¬ 
po sobre mis hombros, mi pecho, mis muslos. Cuando eso 
ocurría se fracturaban los juegos y su Julio se encerraba en 
su dormitorio y tocaba la trompeta. Trompeta solitaria. Los 
celos lo llevaban a emitir sonidos disonantes del instru¬ 
mento del cual nunca fue un eximio ejecutante. Alejandrina, 
entonces, penetraba sigilosamente en la pieza y se acurru¬ 
caba sobre la cama. Otras veces, Julio y yo ocultábamos 
los celos hablando y discutiendo sobre jazz, y así pasába¬ 
mos del piano de Thelonius Monk o de Errol Gardner, al 
grupo de Dave Brubeck en Toma 5 . a Ellington, al clarine¬ 
te blanco de Benny Goodman o al saxo del Gato Barbieri. 
También polemizábamos sobre la última actuación teatral 
de Glenda Garson o sobre la última novela de Juan 
Goytisolo. Alejandrina, entonces, mantenía distancia echada 
sobre el sofá de cretona blanca, hierática, silenciosa como 
siempre, con su misteriosa mirada perdida tras el ventanal. 

Esa mañana, temprano, sonó el teléfono de mi habita¬ 
ción. Lozano, con voz entrecortada, me dio la noticia: “Ju¬ 
lio murió”. 

Lo único que atiné a balbucear fue “¿qué estás dicien¬ 
do?” y colgué. La honda depresión que se había apoderado 
de mí permanecía mientras me encerraba en el baño, fu¬ 
maba sentado en el inodoro, abría luego la ducha, me seca¬ 
ba y me vestía posteriormente. Al mismo tiempo, azotaban 


M - 



I nul de un juego 


intermitentemente a mis pensamientos no sólo las imágenes 
vivas de mi amigo sino también las de Alejandrina. Imagi¬ 
naba a ésta, en esos momentos, con actitudes incomprensi¬ 
bles. La veía irresoluta y desconcertada. 

Descendí del taxi y corrí hacia la entrada del edificio. 
('reo que casi empujé al portero argelino que se había obs¬ 
tinado en barrer unas hojas secas y colillas de cigarrillos 
írente al ascensor. La puerta del apartamento de Julio esta¬ 
ba entreabierta. Lozano me esperaba dentro. Sobre la mesa 
i atona ubicada frente al sofá, debajo del cenicero de ónix, 
había un papel escrito. Hra el último mensaje, la última 
travesura, el último juego de mi amigo antes de partir ha¬ 
cia Bruselas pocos días atrás: Alejandrina vanoamanova. 

Alejandrina. 

Interrogué a Lozano sobre ella. Este se encogió de hom¬ 
bros y permaneció en silencio. Busqué por todas las habi¬ 
taciones. 

Nada. Alejandrina, la blanca gata de Angora, había des¬ 
aparecido. 


15 - 



Sergio Stipanic 


- 16- 



Piñal de un juego 


MOCHE DE TANGOS 


l iso que ves ahí, ese que sale acompañado del teatro del 
l»i a/.o de esa mujer que bien podría haber sido mi mujer 
peí o que ahora es su esposa, ese imbécil que sólo sabe ju¬ 
gar con la computadora y regalarle flores a su secretaria, 
me ha mirado con rabia y con asco porque vio que se me 
t alan dos lágrimas. Es cierto. Esas lágrimas fueron por los 
tangos de Alma y la escena de Llano. Lloré esa noche don¬ 
de los atriles se compadecían de los artistas, de los poetas, 
de los nadies y las candilejas asistían impávidas y el ban¬ 
doneón retorcido del viejo se atrincheraba detrás de las 
guitarras y Paloma, sentada en primera fila murmuraba 
palabras perdidas como “tendrías que llegar y darme vida”. 

I )esde entonces me persiguen en esta noche la voz lasti¬ 
mera de Malena, la incierta sonrisa de Carlos, la ceguera 
de Horges, la amargura de Discepolín, el corazón de 
I lomero, el sol bemol de Troilo. 

Estoy solo en esta noche. Pero siempre estoy solo. 

('amino amansando la soledad, triturándola, acariciándo¬ 
la y creo que ya me ha perdido el respeto. Estoy solo en 
esta noche porque ella no está. Maldita costumbre que tie¬ 
ne de viajar. Yo siempre me quedo aquí, siempre me he 
quedado en esta cuidad, vencido, triste, derrotado. 


- 17 - 



Sergio Stipanic 


Ahora llovizna. Camino por osla calle desierta y sin em¬ 
bargo escucho unos pasos detrás. Presiento que ésta puede 
ser mi última noche, que alguien vendrá de atrás para ma¬ 
tarme, para clavarme un cuchillo por la espalda. Pero no 
hay nadie. Es sólo mi sombra, la que me acecha siempre, la 
que me espera puntualmente en cada esquina. Ella me hace 
falta. Yo no puedo vivir siempre atrapado por mi sombra. 
Pregunto dónde diablos está ahora Ana . Maldita costum¬ 
bre que tiene de viajar. 

Voy por los boliches a brindar por ese imbécil que del 
brazo de esa mujer que bien podría haber sido mi mujer me 
miró con rabia y con asco. Y luego, cuando está borracho, 
orinaré la pared grabando los nombres de Alma y de Lla¬ 
no, de Carlos, de Borges, de Discepolín y Homero y Troilo 
y tantos otros, para siempre, para que se queden en la breve 
memoria de esta noche en esta ciudad quieta donde nunca 
parece haber olvido. 


- ix - 



Final ilc un juego 


ROMANZA 


Se diría que iba derechito a la muerte cuando decidió 
aquella tarde ir a verla. Pero también podría pensarse que 
no quería morir ese día de noviembre donde el sol titilante 
como una brasa lo miraba caminar por la vereda de la Calle 
de los Sueños Perdidos y la sombra de los paraísos le frota¬ 
ba sus zapatos mientras los viejos parroquianos del boliche 
al descubrir su estampa de último compadrito o de malevo 
imposible abandonaban las mesas con las cazuelas de mon¬ 
dongo y el vino tinto asomándose a la ventana para verlo 
pasar, para luego comentar sus lejanas hazañas de 
milonguero, de tahúr, de cantor frustrado por una voz alco¬ 
hólica, de guapo capaz de jugarse entero por una mujer 
sometida a su robusta presencia de macho, mientras el 
marido trabajaba en la oficina. 

El no era un héroe. No lo había sido nunca. Y creo que 
jamás había pensado en serlo. Había volado siempre como 
un pájaro libre. Pero en la ciudad se había divulgado la 
noticia que se había involucrado con la resistencia en Bue¬ 
nos Aires, años atrás, que se había reído en la cara del 
mismísimo Almirante cuando trabajaba en su diario por 
las madrugadas e imprimía en forma tan solapada como 
clandestina hojas con informes sobre los crímenes de éste. 


- 19- 



Sergio Slipamc 


Ks así que sus amigos comenzaron a admirar su coraje y 
su deslreza e irónicamente (y conspirativamente) cuando 
de él se referían decían id Masón. Y Marenco, orgulloso 
por haberlo descubierto tiempo atrás en un asado en San 
Isidro, murmuraba: “voy a mil a las patas de este caballo”. 
Recuerdo que fue el mismo Marenco que, por razones de 
protección ante una posible e inevitable huida del país, cuan¬ 
do fuera detectado y perseguido, le consiguió un pasaporte 
falso con el nombre de Carlos Sarzábal, nacionalidad es¬ 
pañola. Así pues, nació Carlos para todos, como un ángel 
travieso y cínico, como un trapecista sin red que se arries¬ 
ga para sentir el halago de un aplauso, como un niño tierno 
y solidario. Así él comenzó a viajar llevando sus informes: 
México, París, Madrid. Así nació Carlos para siempre o 
para nunca. Así nació la leyenda de este milonguero tardío, 
de este convocador de cosas viejas, de este compadrito des¬ 
prevenido al nuevo siglo que nos acecha. Leyenda por suerte 
olvidada y sólo atizada por los consecuentes parroquianos 
de los boliches, por los artistas que lo conocieron, por las 
prostitutas que soñaron con él, por algunos periodistas 
melancólicos y borrachos y por ciertos escritores que lo 
usaron como fuente de inspiración para producir ficciones. 

Pero esa tarde se diría que él no quiso ser derrotado ya 
que se vistió con su mejor traje, se anudó su más luciente 
corbata, perfumó su pañuelo con unas gotas de Bambino 
Caro que había traído de lüiropa. Y porcábala, metió en un 
bolsillo una ramita de ruda y colocó en su muñeca izquier¬ 
da un viejo Longines, herencia de un tío solterón. 

Así estuvo presente esa tarde en aquella esquina, unos 
minutos antes de las trece y treinta y tres, hora en que, exac¬ 
tamente, ella descendió del remise, hermosa, sonriente. 


- 20- 



I'inal de un juego 


(llana, vanidosa. Se podría decir que al verlo pensó que lo 
conocía desde mucho (iempo atrás, en el borroso recuerdo 
de los años liceales en que él corría en la pista de atletismo 
o tal vez de los bailes del Parque Hotel cuando tocaban los 
llot Blowers o quizás de las caminatas por la orilla de la 
Playa Verde aunque después revisó su rostro pretendiendo 
ubicarlo en las clases de inglés del Anglo. O también po¬ 
dría pensarse que ella nunca había visto a ese hombre, que 
nunca se habían cruzado a la salida del Rex, ni en París, ni 
en la panadería de su barrio, ni en la rambla, ni en ningún 
teatro, ni en ninguna calle. 

Pero otra vez la duda. Y entonces recordó aquel cum¬ 
pleaños de quince en La Liguria (¿fue en el sesenta y uno?) 
y volvió a creer que sí, que él era ese muchacho que la 
persiguió toda la noche y terminó besándole la mano ante 
la risa de sus amigas. Tal vez podría pensarse eso ya que 
ella no se sorprendió al verlo y sabía que algún día la iba a 
esperar allí, en esa esquina, tieso y marcial, con su mejor 
tiaje y su reluciente corbata de seda, con el pañuelo perfu¬ 
mado y una rosa amarilla en la mano. 

Sólo ellos saben lo que pasó después. Dicen que se mi- 
niron a los ojos, que se sonrieron, que él le entregó la flor 
ion un gesto austero, fruto de su rudeza masculina. Dicen 
que ella, entonces, le acarició la mano. Dicen que luego se 
abrazaron y bailaron un vals, un dos tres, un, dos, tres. Di¬ 
cen tantas cosas. Creo que lo único cierto es que allí, en esa 
esquina de la Calle de los Sueños Perdidos los dos encon- 
ti aron tardíamente el amor y murieron un poco, como se 
muere cada vez que se ama verdaderamente. 

Se conocieron por los años sesenta. El estudiaba arqui¬ 
tectura junto a un hermano de ella. La tarde del primer en- 


• 21 - 



Sergio Slipanic 


cuentro mientras estudiaban con el hermano él quiso escu¬ 
char a ella tocando el piano. 

Ella tocó entonces todo su repertorio. “Para Elisa” de 
Beethoven, el vals “Danubio Azul” de Strauss y mientras 
estaba ejecutando una romanza él se le acercó por la espal¬ 
da y le pasó los brazos por encima del hombro. Ella dejó 
automáticamente suspendida la ejecución del piano y se 
paró. El entonces la tomó por la cintura y la besó, la besó 
apasionadamente. ¡Qué importancia podía tener en ese 
momento la edad, él con sus dieciocho años y ella con vein¬ 
te!. Toda la vida corría por ese beso y por las lenguas en¬ 
trelazadas. 

Así nació el romance de él y de ella, de ella y de él, 
romance que luego se vio interrumpido porque él viajó a 
Cuba ya que estaba involucrado en un movimiento revolu¬ 
cionario y la dejó sola, sola y esperando. 

Cuando volvieron a encontrarse ambos eran 
cincuentones. Carlos (de ahora en adelante lo llamaré así) 
la había llamado esa mañana a la radio donde ella ejercía 
funciones de periodista. No reconoció la voz de éste y él 
tuvo que hacer esfuerzos por recordarle quien era. Pero una 
vez descubierto por ella un estremecimiento atroz, un tem¬ 
blor y unos ojos de felicidad la turbaron ante los compañe¬ 
ros de la radio. Cantaba despacio: “oh, mi amor, tantas ve¬ 
ces escondido, tantas veces desconocido, estabas ahí para 
mí... oh, mi amor perdido...”. La tarde de ese encuentro 
no la volveré a contar. Pero sí les quiero comunicar algo 
muy extraño que pasó con ellos cinco años exactamente 
después, en la misma fecha de dicho encuentro. Carlos y 
Ana murieron ese día, a la misma hora, en el mismo minu¬ 
to, él en un accidente automovilístico en Buenos Aires y 
ella en su casa de Montevideo, rodeada de sus familiares. 


- 22 - 



Final de un juego 


mi esposo, sus dos hijos, su nuera y sus (res nietas. 

Se dice que las tres últimas palabras que ella pronunció 
Inerón: ¿Dónde estás ahora, Carlos, amor mío? 


- 23 - 



Sergio Sópame 


- 24 - 



I'mal ilc un juego 


Amores de estudiante 


Castañeda insiste: “¿Qué estaban planeando allá?... 
l quién los mandó?... dame el nombre, pibe... quiero nom¬ 
ines...”. Es la décima vez que me escupe todo esto. Al 
puncipio las cosas fueron amigables y suaves: “Habla, no 
le va a pasar nada”. Después, algún puño que otro en mi 
abdomen y riñones. Luego me ataron a un catre y aquí es¬ 
toy 

( astañeda es una deforme masa gris detrás de la luz. Sé 
que es él y sé también que no voy a olvidarme nunca de su 
i ata ni de su voz. “Póngasela en los huevos”. Otra vez la 
puana. Ya no pienso. Cuento: uno, dos, tres... estoy mor¬ 
diéndome, no respiro, ya pasa. Pasa y vuelve. No sirve de- 
t ules que no sé nada, que nadie mandó nada, que tengo 
de lecho a que me dejen tranquilo. ¿Hasta cuándo? Creo 
que voy a vomitar. Ahora vuelvo a pensar. Les digo que sí, 
que ahora sí voy a hablar. Estiro los segundos. Digo que no 
sé nada. Otra vez. ¡Qué estupidez!. Sin embargo, es la ley 
nuestra: el silencio frente a la policía. Y aguantarse, her¬ 
mano. El silencio. Por fin respiro. Castañeda se fue. Ahora 
los sabuesos me desatan y me empujan a un calabozo. Un 
metro por dos. Hedor insoportable a meada. Me desparra¬ 
mo sobre la colchoneta húmeda y no me importan las pul¬ 
gas que comienzan a invadirme. Desde el tragaluz llegan 
giitos. Vuelvo a pararme. Por la mirilla de la puerta de 


- 25 - 



Sergio Sli piinic 


hierro (ralo de observar hacia el palio. Perdí la noción del 
(iempo pero supongo es la madrugada. Oirá vez grilos de 
dolor. ¿Será Gabriel? Gabriel, con su físico endeble, enfer¬ 
mizo, su mirada de (opo escondida por esos gruesos ante¬ 
ojos de carey. Gabriel, con su imagen de intelectual. 

Te equivocaste conmigo, Pablo. Siempre trataste de dis¬ 
minuirme frente a los compañeros. Es cierto que no tengo 
tu astucia. Pero, a diferencia tuya, soy un buen estudiante. 
Y sé resistir la tortura. Qué sorpresa ¿verdad?. Una vez 
me llevaste al quilombo de Andes y me metiste a la fuerza 
en la pieza de una de las putas. Pese a los esfuerzos de la 
mujer no pasó nada. Cuando te enteraste ¿te acordéis bien 
lo qué pasó, no?. Me acusaste de impotente mientras morías 
de la risa. No, no soy impotente. Tampoco marica. Simple¬ 
mente, tengo un concepto distinto del sexo al tuyo y esa 
veterana de pelo oxigenado, tetas pesadas como de vaca y 
culo blando, no me atraía para nada. El verano pasado me 
quemaste ante Alicia abandonándome arriba de la canoa, 
en medio del arroyo, sabiendo que no sé nadar. Ahora me 
metiste en este lío grueso. Pero no te equivoques. Espero 
la oportunidad. Gabriel no se rinde. 

Llamo a un guardia para que me abra la puerta y me 
permita ir a orinar. El chorro cae mansamente sobre la pa¬ 
red. Vuelvo a la celda. Me entretengo en mirar las paredes. 
En la penumbra alcanzo a leer inscripciones seguramente 
escritas con las uñas. Una de ellas, TUYA HASTA LA 
MUERTE firmada por una tal Ana me lleva hacia Alicia. 
Te quiero, Alicia. Que estúpido fui en no habértelo dicho 
nunca. Cómo estás ahora, dónde te tienen, qué te están ha¬ 
ciendo mi nena... 


• 26 - 



I-iiial do un juego 


lisa noche nos habíamos reunido en un galpón de depósi¬ 
to ubicado en los fondos de la Facultad de Agronomía. La 
noticia había corrido rápidamente: decreto de medidas pron- 
tas de seguridad. Aún no sabíamos con certeza las 
implicaciones de la medida gubernamental pero intuíamos 
c|ue una tormenta se acercaba. La noche invernal era lo 
suficientemente fría para tiritar y disimular el miedo, la 
luna salía y se volvía a esconder entre los nubarrones. Allí 
estábamos los ocho, a la luz mediocre de una vela, prepa- 
lando los tarros de pintura y los pinceles. Mientras Carlos 
cantaba bajito, otros discutían las consignas a pintar en los 
muros, Alicia estaba inquieta y temerosa :"No hay habeas 
co rpus v si nos detienen no nos pasan a juez”. Su padre, el 
doctor José Ybargoyen, era un reputado abogado y ella es¬ 
taba ligada genéticamente a ese lenguaje jurídico. “Her- 
manita, la cana no nos agarrará nunca”, expresaba el opti¬ 
mista Leonardo. La cana. No vimos llegar a los dos milicos 
que dieron la voz de alto al tiempo que dispararon tres ve¬ 
ces mientras casi todos huían en estampida. Apagué de un 
soplo la vela. Pude detectar a Gabriel en la oscuridad. De 
pmnto una linterna alumbró y dejó ver el caño de un revól¬ 
ver. “Salgan con las manos en la nuca”. Nos hicieron ca¬ 
minar hacia la calle donde estaba estacionado el patrullero. 
Alicia, que tampoco había podido escapar, caminaba unos 
pasos adelante. Minutos más tarde penetrábamos en el edi- 
licio de Jefatura. En el cuarto piso: “El inspector les hará 
unas preguntas y no pueden hablar nada entre ustedes”. 
Trato correcto. Vaciamiento de los bolsillos y registro de 
nuestros nombres y domicilios. De pronto se nos acercó 
mía figura de nariz aguileña y afilada, bigotes finitos como 
anchoas en lata, vistiendo un traje gris y una camisa rosa¬ 
da Al mismo tiempo que parecía limpiarse la solapa con 
un movimiento ingenuo de sus dedos, nos sugirió: “Vamos 


- 27 - 



Sergio Slipanic 


muchachos, hoy no tengo ganas de trabajar. Si se portan 
bien podemos llegar a un acuerdo” 

La mañana llegó, por fin. Comienzan a aparecer rostros 
de tiras que me observa por la mirilla de la puerta como si 
yo fuera un único ejemplar de una tribu diezmada. 

“¿Cuándo va a terminar todo esto?”, pregunto a uno de 
ellos que tiene cara de japonés. “Eso quisiera saberlo yo 
también” recibo como respuesta. Otra vez la incertidum¬ 
bre, el miedo. ¿Los pasos siguientes? Pasan los minutos, 
las horas, el miedo queda. Ahora el pensamiento se trasla¬ 
da a la certeza y la incertidumbre de lo que sucede afuera. 
Me alcanza un plato con caldo, un único fideo en espiral 
llotando como si fuera una tenia, una papa chica. Con la 
cuchara separo la papa y la trago. Uno nunca sabe cuanto 
tiempo durará todo. Es mediodía. 

El ministro comenzó a leer. Datos curriculares. Datos, 
datos. Hay que protegerse de las ideas nocivas. Allí iban 
nuestras historias recogidas por informantes y alcahuetes, 
fieles servidores del orden, incorruptibles, que el ministro 
leía con timbre campechano. Luego devolvió las fichas al 
jefe de Policía no sin antes arengar: “Como ven, jóvenes 
estudiantes, estamos enterados de todo. Recuerden que la 
patria es de todos y que no hay que tratar de dividirla”. 
Hizo un silencio solemne, infló su pecho y con aire mar¬ 
cial ordenó: “Coronel, disponga la libertad de estas tres 
personas”. Uno comienza a sentirse otra vez orgulloso de 
su país. Gracias ministro, gracias a las autoridades que nos 
protegen, gracias al gobierno, gracias a las instituciones, 
gracias a la patria. Sinceramente, muchas gracias. 

Al abandonar el despacho me encontré frente a 



Piñal tic un juego 


Castañeda: “Botija, perdóname, solo cumplí órdenes”. Re¬ 
cogí la frazada que me había alcanzado mi hermana, los 
pocos pesos, los cigarros y los fósforos que me devolvie¬ 
ron y salí rápidamente por el camino que me señalaban 
hasta llegar a la salida de San José. Otra vez la calle. Ben¬ 
dita libertad, ahora sí, dicho seriamente. Aire puro. Noche 
hermosa. Me dirigí hacia Dieciocho. De pronto y no sabía 
bien porque extraña razón, miré hacia la vereda de enfren¬ 
te. En la esquina de Yi y Dieciocho, frente a los ventanales 
de Soko's vi una pareja besándose apasionadamente. No 
cabía duda, eran Alicia y Gabriel. Maldita noche. 

Tenías que saberlo algún día. Yo ya no soy la Alicia que 
usabas cuando tenías ganas y luego desechabas como a un 
juguete efímero. Se terminó el juego. Me hiciste vivir mu¬ 
chas cosas, Pablo, no lo niego. La primera ilusión, el decir 
que por fin me había convertido en mujer después de pasar 
por una etapa boba con las idas a bailes y las caminatas 
por la rambla de Podios con mis amigas tan aburridas 
como yo. O los otros encierros en el apartamento de Cielo 
para estudiar, encierros que se hacían interminables y 
donde fantaseaba con ella sobre el amor. Me entregué 
entera vos desde aquella noche en Atlántida y si bien no 
fuiste el primero, sí el único. 

Esa vez mientras tú escribías mi nombre en la arena yo 
soñaba con otro nombre, lejano aún, el de un hijo vislum¬ 
brado. Pero después vino lo otro. De regreso a Montevi¬ 
deo te mostraste distinto (al menos para mí). Y así llega¬ 
ron las noches de mala muerte en las camas de los hoteles 
baratos con olor a humedad, mugre y esperma. Y las pos¬ 
teriores rondas por los boliches en los cuales tomabas hasta 
emborracharte. Entonces me confesabas tu deseo de mar¬ 
charte de aquí. ¿Te acuerdas?. Decías que querías irte de 


- 29 - 



Sergio Sliprmic 


"este país de mierda". Sin embarco, yo no perdía las 
esperanzas. Pero no me cuidaste, Pablo, me respetaste. 
Hoy tomé mis propias medidas de seguridad “in prima 
res”. Primera rostí, estoy aprendiendo a olvidarte. Como 
en el poema de Benedetti que leíamos aquella tarde en 
el Jardín Botánico sentados sobre un tronco caído: “Tu 
te vas, yo me quedo". Este es mi adiós, Pablo Risso. 

Busqué un cigarrillo en el bolsillo de la campera con un 
gesto desganado y displicente que me diera la oportunidad 
de pensar y repensar todo. Sentí entonces una mano que se 
apoyaba sobre mi hombro. Me di vuelta y me topé, otra 
vez, con Castañeda. Antes que pudiera atinar algo me ofre¬ 
ció fuego. “Lo vi todo. Las mujeres son todas iguales. Siem¬ 
pre traicionan” Aspiré una bocanada de humo como para 
contestarle que no necesitaba de sus condolencias. De pron¬ 
to percibí que su mano se depositaba sobre mi bragueta 
descorriendo el cierre y penetrando hasta acariciar mi pene. 
Así que esas teníamos ¿eh?, el imperturbable inquisidor, el 
duro verdugo, el obsecuente teniente que cumple ciega¬ 
mente con las órdenes de sus generales, el comandante de 
un batallón de hábiles picaneros no era más que un simple 
marica. Permanecí mudo, anonadado, hasta podría decirse 
que complacido. Mi miembro comenzó a enervarse cuan¬ 
do los dedos calientes se posesionaron completamente del 
mismo, sacudiéndolo con delicadeza. Al mismo tiempo vino 
la invitación como surgida de la boca de una Claudia 
Cardinale erotizada en algún film de Zurlini: “Vení conmi¬ 
go a mi casa, Pablo. Allí tengo una botella de escocés, bue¬ 
na música y puedo serte útil en otras cosas. Vos necesitás 
información ¿no es así?”. Casi me deje llevar hacia el ca¬ 
llejón oscuro que me proponía. De pronto apareció súbita¬ 
mente otra corriente de pensamiento, un instinto moral. 


U) - 



Final de un juego 


i nnductismo puro. Sallé como un resorte y de mi garganta 
partió un alarido que logró que los pocos que caminaban 
por allí se dieran vuelta y observaran azorados: 

¡Puto de mierda! 

Lo empujé hacia la pared, me arreglé la bragueta y corrí. 
< ’orrí como caballo desbocado por toda 18 de Julio. Mien¬ 
tras lloviznaba sobre la ciudad. 


- 31 - 



Sergio Slipanic 


- n- 



Final de un juego 


Again 


Volvamos al principio Es cierto que me fui, que te dejé 
sola o quizás mal acompañada, eso es lo que creo. Es cierlo 
lo que vos decís, de que nunca más te di una señal ni te 
iiiimdé rosas amarillas o un ramito de anémonas. Es cierto 
también que ni siquiera te llegó una carta mía ni me tomé 
llempo para discar tu número en el teléfono. También es 
i ledo lo que esgrimes como defensa al haber establecido 
iimíi nueva relación, eso de que la soledad es lo más horri¬ 
ble que pueda sentir una mujer. Pero escúchame ahora que 
ha pasado mucho tiempo. Tendrías que entenderme o por 
lo menos aceptar la situación. Hay veces en que la vida no 
la decidimos nosotros sino que otros deciden por uno. No, 
no se trata de trabajo, es algo más complicado. Sé que estu¬ 
viste buscándome por Callao, por San Telmo, por el café 
de París y hasta visitaste el taller mecánico de Gabriel ave¬ 
nenando sobre mí. Yo te extraño y pienso tanto en vos. 
Pienso, por ejemplo, en aquella tarde en el Tigre cuando 
subimos a una lancha sin tener un peso en los bolsillos y el 
pailón quiso vengarse dejándonos abandonados en una isla. 
Keeuerdo aquella mañana en que estábamos en un ascen¬ 
so! y vos me dijiste: “ahora o nunca”. O cuando nos queda¬ 
mos escondidos en el museo Sarmiento, el guardián cerró 
las puertas al atardecer y allí pasamos la noche. Pienso y te 
r Miaño. Pero tendrías que saber muchas cosas, Mariela. 


- 33 - 



Sergio Slipanic 


Saber que ahora me interesan los bareos hundidos, las al¬ 
gas, los peees espada y un inmenso calamar que mide cua¬ 
tro metros y al que veo pasar de tanto en tanto. ¿Biólogo 
marino? No. Tendrías que saber que soy nada más que ur 
montón de huesos en el fondo del mar. Ahora sí lo descu¬ 
brirás: soy un desaparecido. 


U 



[•'¡nal ile un juego 


La estatua de 
la Libertad 


('liando Benedelti descendió esa mañana en Carrasco del 
Boeing que lo trajo de Buropa jamás imaginó lo que le su- 
i edería horas después. 

I .negó de abrir la valija, ordenar su ropa y ducharse, de- 
i ulió en ese mediodía de sol invernal caminar por la ram¬ 
bla de Pocitos. No había dado ni siquiera diez pasos cuan¬ 
do comenzó a ascender en posición horizontal y quedó 
levitando a la altura de un segundo piso de los edificios de 
mírente. 

Al principio sólo las gaviotas se percataron del extraño 
suceso. Sobrevolaban en vuelos rasantes sobre el cuerpo 
del levitante con cierto temor y analizando al intruso que 
permanecía atónito mirando hacia todos lados sin atrever¬ 
se aún a pedir auxilio por no saber si todo eso no era más 
que un terrible sueño. Poco a poco, las gaviotas se anima- 
mu más. Hubo una que se posó sobre el sobretodo azul de 
llcnedetli y allí se quedó. Un solitario aerobista que corría 
»oi la arena húmeda con un equipo deportivo y una toalla 
n su cuello descubrió de pronto al levitante, suspendió de 
nmediato su carrera y le gritó con solidario e imperante 

olio: 


- 35 - 



Sergio Stipanic 


- Bájese de ahí. Tírese en la arena! 


- Eso quisiera, pero no puedo- respondió con voz que¬ 
brada y lastimera Benedetti. 

Concomitanlemente, los automovilistas de la rambla tam¬ 
bién habían descubierto al extraño hombre de bigotes que 
enfundado en su sobretodo azul parecía dormir en el aire 
con sus dos manos cruzadas sobre el estómago. Los autos 
frenaban y se detenían para observarlo. De los ventanales 
de los edificios cercanos se veían rostros con la mirada 
dirigida hacia él. Hubo muchas llamadas telefónicas a la 
policía, prensa oral y escrita, bomberos. Las sirenas no tar¬ 
daron en oírse por la rambla. 

A esa altura de los acontecimientos muchos curiosos esta¬ 
ban ya sobre la arena y sentados sobre el muro no descui¬ 
dando detalles. Al escuchar la noticia por las radios y los 
canales de televisión que ya estaban allí con sus equipos de 
transmisión y sus cronistas, varios grupos de umbandistas 
con sus paes habían traído velas y sanjorges ofreciéndose¬ 
los a Oxalá ante lo que creían un milagro candomblero. 

De pronto llegó el ministro del Interior. Un auxiliar le 
alcanzó un megáfono y éste se dirigió al levitante rogándo¬ 
le que depusiera su actitud, que estaba alterando el orden 
público, que si quería suicidarse no lo hiciera, etcétera. El 
levitante le aclaró tpie era Benedetti, el escritor, que no 
tenía ninguna intención de suicidarse y que si no bajaba 
era porque no podía hacerlo. El ministro entonces cambió 
el tono de voz: 

¡Otra vez buscando problemas, Benedetti! ¡Nuestro país 


• u> - 



'¡nal de un juego 


y nuestro pueblo votó por la paz social! 

Dicho esto se retiró ofuscado. 

Los bomberos, entonces, comenzaron a actuar. Se insta¬ 
ló una gigantesca escalera móvil del equipo de rescate y un 
oficial llegó hasta el cuerpo del infortunado. Como los ti¬ 
rones de brazos y piernas hacia abajo no dieron resultado y 
sólo consiguieron gritos de dolor del levitante, decidieron 
deponer su actitud de rescate. 

Le tocó el tumo a la Iglesia. Llamaron al arzobispo de 
Montevideo que llegó prestamente ante lo que supuso un 
sacrilegio. Subió por la escalinata de los bomberos y comen¬ 
zó a hablarle a Benedetti casi al oído. 

- Sólo el hijo de Dios, Jesucristo, fue capaz de realizar 
estos milagros. Te invito a que depongas tu actitud. Déjate 
llevar por la fe en Cristo y te salvarás de este sacrilegio y 
de una caída que te hará romper los huesos. 

Benedetti no contestó. Pero, sobre su cabeza, se pudo 
ver un aro incandescente de santidad que terminó por es¬ 
pantar al cura que bajó precipitadamente la escalera y se 
dirigió a oficiar una misa con sus seis monaguillos. 

Hl sol de la tarde invernal cayó finalmente sobre el hori¬ 
zonte. Los curiosos comenzaron a retirarse. Sólo quedaban 
algunos periodistas y policías. Comenzó a soplar un fuerte 
viento del sur. La noche se hizo muy fría. De pronto, 
Benedetti empezó a desplazarse, siempre en la misma altu- 
la, por la rambla, llevado quizás por el viento. Y así llegó 
al gasómetro. Luego ascendió por Andes hacia el Centro. 


- 37 - 



Sergio Slipanie 


Dos helicópteros de la Armada seguían su trayectoria y se 
comunicaban por radio con tierra, así es que un nutrido 
conjunto de autos y sirenas escandalizaban la noche de la 
ciudad. 

Finalmente, llegó a 18 de Julio. Allí viró por la avenida 
hacia la Plaza Cagancha. Cuando llegó a ésta, Benedetti 
logró sujetarse de la estatua de la Libertad y descubrió que 
su cuerpo tenía consistencia y peso nuevamente, tanto es 
así, que permaneció abrazado de la misma para no caerse. 
Había terminado la levitación. 

Cuando lo ayudaron a descender no quiso hacet 
declaraciones a la prensa. 

Sólo se limitó a pedir un café. 


■ ÍH - 



Final de un juego 


El viejo y el mar 

Kl silencio de la noche de otoño se interrumpía con el 
rugido de las olas que golpeaban desde siempre las rocas 
de Cabo Polonio cada cinco segundos. Mientras, se prepa¬ 
raba el asado en el quinchado del Gringo quien era el úhico 
que tomaba whisky y lo hacía directamente de la botella. 
Los demás ( todos pescadores, bebían caña brasilera en va¬ 
sos grasosos ylos servían de la damajuana que habían 
comprado días atrás en el almacén de Pepe, en Castillos. 
I ,a velada era acompañada también con el mate. Cuatro de 
ellos jugaban al truco, gritaban «-Venga a mí, compañe¬ 
ro!», amenazaban, reían. 

Kl Gringo, como así lo llamaban en el pueblo desde que 
llegó unas de esas tardes, nunca se supo cómo y decidió 
quedarse para siempre en Cabo Polonio, disimulando un 
acento inglés contaba historias de mar a tres adolescentes 
mientras Arispe cuidaba el fuego y corría las brasas. 

Tilingo, hijo de Arispe, se mostraba especialmente 
entusiasmado por los relatos del viejo que, aunque nunca 
declaró su edad, debía pisar los setenta. Kste iba ya por la 
media botella, como era su costumbre diaria, y se satisfa¬ 
cía del interés de Tilingo por los cuentos. Tanto es así que 
había traído de Rocha, tiempo atrás, una caja con libros 
diversos para el muchacho. Esto provocó el enojo de Arispe 


- 39 - 



Sergio Stipanic 


con el viejo porque Tilingo ya no se preocupaba de preparar 
las redes ni los palangres y se pasaba horas enleras lirado 
en la playa, leyendo con fmición. 

El asado esluvo pronto. Esa gente, que vivía del mar, se 
alimentaba sin embargo de carne vacuna o de cordero. El 
pescado era sólo para la venta. El Gringo había logrado 
que comieran, a veces, pescado preparándoles en una olla 
grande chupines de corvinas y pejerreyes. 

El viejo de barba blanca tenía dos grandes pasiones: los 
tiburones y el whisky. La primera lo rejuvenecía, lo mostra¬ 
ba alegre, reía a carcajadas cuando lograba capturar un escua¬ 
lo desde la embarcación que Arispe había bautizado «Vira¬ 
zón I». El whisky lo sumía luego en grandes depresiones, se 
encerraba en su cabaña sin querer hablar con nadie y cada 
vez necesitaba más dosis de alcohol para poder dormirse. 
Sólo Tilingo podía despertarlo de esa vaguedad de sus pen¬ 
samientos luego de los picos de las crisis. 

Una tarde de verano, donde el termómetro marcaba los 
37°, el viejo invitó a Tilingo a salir a la mar. Esta estaba 
quieta como el agua en una piscina. El viento había des¬ 
aparecido. Prepararon la chalana con los aparejos después 
de haber echado queroseno al Yamaha. Empujaron al agua 
la pequeña embarcación y a los diez, minutos estaban a 
doscientos metros de la costa. El viejo estaba raro. Sin 
embargo no había bebido. Pero Tilingo podía observar unos 
ojos que sólo miraban el horizonte y el sol que era una 
verdadera bola de fuego. Comenzó a hablarle al muchacho 
de cosas ininteligibles para éste, repitiendo muchas veces: 
«cuando yo escribía». Luego, hablaba en inglés. De pron¬ 
to, miró la reverberancia de los rayos solares en el mar 


- 40 - 



í'inal ilc im juego 


calmo, miró al muchacho y pareció recobrar la lucidez. 

- Cuando vuelvas, en mi cabaña, tengo un baúl con más 
libros para ti... y una máquina de escribir. Yo he terminado 
contigo. 

Luego de decir ésto, lo abrazó fuertemente y se tiró al 
agua. 

Tilingo gritó desesperadamente. El viejo desapareció 
hacia el fondo del mar luego de agitar por unos instantes 
sus brazos. 

El muchacho esperó vanamente. Intentó tirarse al agua 
pero, por una fuerza extraña, se quedó quieto. Si era su 
deseo, pensó, mejor así. 

A la caída del sol regresó. No comentó nada en el pue¬ 
blo. Eue derecho a la casa del viejo y encontró el baúl. 
Había unos cuantos libros, todos firmados por un mismo 
autor. De pronto, abrió uno de ellos: «El viejo y el mar». 
Dentro, había un pasaporte norteamericano con la foto del 
(iringo y un nombre: Emest Hemingway 


- 41 - 



Sergio Slipunic 


- 42 - 



Final de un juego 


CAPERUCITA 


Ahora bien. Noches y noches soñé con ella. Como du¬ 
rante mi infancia mi madre se entusiasmaba antes de que 
me durmiera relatándome esa gran tragedia de una niña 
bonita, culta, de cabellos rubios y trenzados devorada por 
el lobo feroz, yo soñé equivocadamente. Y digo equivoca¬ 
damente porque hoy, que conozco la verdad y tengo la cer¬ 
teza de que mis preocupaciones por ella estaban infunda¬ 
das, les confesaré que esta es una historia muy distinta a la 
que ustedes también estuvieron acostumbrados a escuchar. 

Hn principio les advertiré que Caperucita no era ni una 
niña linda, ni sus cabellos tenían trenzas rubias, ni cantaba 
con voz de soprano, ni recogía cerezas en el bosque, ni era 
amiga de los conejos. Era una niña tonta, engreída. Sus ca¬ 
bellos castaños, sucios y desordenados harían recordar a 
los de una bruja. Gustaba maltratar a los animales del bos¬ 
que, tirarles piedras a las garzas de la laguna y robar los 
huevos de los nidos de las perdices. Su ropa era la de una 
campesina y su madre la enviaba frecuentemente a la casa 
de su abuela rica, que estaba ubicada en un solitario lugar 
del bosque y que tenía solarium y piscina y un bello jardín 
con rosas de todos los colores del arcoiris traídas desde los 
lugares más remotos del mundo, desde Japón a Gabón. 
Dicho jardín, en el cual había mesas y sillas blancas donde 
la abuela se sentaba a tomar el té por las tardes, estaba 


- 4.1 - 



Sergio Stipanic 


cuidado por un jardinero que tenía un hijo adolescente, tan 
delgado como holgazán. 

En uno de esos viajes a través del bosque, Caperucita, 
que era una niña bastante tonta como ya dije, se perdió. 
Llegó la noche. Un viejo lobo a quien el paso de los años lo 
había dejado sin dientes en la boca, se le acercó a pregun¬ 
tarle a la niña, que lloraba desconsolada al pie de un frondo¬ 
so árbol. Esta se asustó pero al ver el hocico desdentado 
del viejo lobo volvió a tranquilizarse. Luego de explicarle 
lo sucedido el lobo prometió conducirla hasta la casa de su 
abuela. Conocía perfectamente el camino. Así lo hizo. Poco 
antes de llegar a la casa el viejo animal desapareció entre 
los árboles sin que la niña se diera cuenta. 

Pasaron los días. Los viajes de la niña eran cada vez más 
frecuentes hacia la casa de su abuela. No creo que el motivo 
fuera el amor por la vieja ni las compensaciones en dulces y 
mermeladas ya que esta era bastante avara y apenas sí la 
convidaba. Creo que lo que influía era la presencia del hijo 
del jardinero. Juntos iban a pescar al río ose sentaban en un 
tronco caído a contemplar las puestas de sol. Capemcita te¬ 
nía muchas ambiciones de riquezas y collares de perlas. El 
hijo del jardinero también soñaba con viajar por el mundo. 

Un día sucedió lo previsible. La anciana había desapare¬ 
cido y había desaparecido su cofre repleto de monedas de 
oro. Pero hay más. Habían desaparecido Caperucita y el 
hijo del jardinero. Ni un rastro. El jardinero calculó que el 
culpable podía ser el viejo lobo. Lo buscó por el bosque 
hasta encontrarlo y darle muerte de varios hachazos. 

Días después el cuerpo sin vida de la abuela apareció 
flotando en el río. 


44 



I'iiuil de un juego 


Los cigarrillos 
apagados 

En una mesa del Sorocabana se discutía acaloradamente 
sobre la guerra. Franco había tomado Madrid la madruga¬ 
da anterior. Los aviones nazis habían bombardeado la ciu¬ 
dad durante una semana. El grupo de la mesa estaba cons¬ 
tituido por españoles exiliados. Había uno de ellos que per¬ 
manecía callado. Sólo se limitaba a fumar ininterrumpida¬ 
mente con la vista perdida en la Plaza Cagancha que veía a 
través del amplio ventanal. El mozo sirvió una nueva ron¬ 
da de pocilios de café. De pronto, el tema de la guerra des¬ 
apareció de la mesa. Margarita miró el reloj. Debía irse al 
teatro. Estaba sentada al lado de Machado que permanecía 
mirando la plaza y fumando, sosteniendo con la mano iz¬ 
quierda el bastón y el sombrero gris. Alberti aprovechó la 
silla vacía que dejó Margarita para apoyar un viejo y raro 
e jemplar de Rimbaud, con tapas en cuero, que había adqui- 
tido horas antes en una librería de la calle Sarandí. Ahora 
se hablaba de poesía. Machado permanecía callado y fu¬ 
mando. La reunión llegó a su fin. Cuando Alberti se levantó 
y fue a recoger el libro de Rimbaud descubrió perplejo que 
éste tenía la tapa quemada por las colillas de cigarrillos que 
Machado había depositado sobre él. 


- 45 - 



Sergio Stipanic 


- 46 - 



l-'inaUlciin juego 


Esperando a 
Borges 

Cuando me propuse malar a Borges elaboré un plan que 
creí perfecto. Primeramente recorrí varias librerías y ad¬ 
quirí y luego leí algunos de sus libros, otros los pude leer 
en la Biblioteca Nacional ya que estaban agotados. Tuve 
que soportar sus poemas y sus cuentos absurdos. Si alguna 
duda me quedaba del odio que yo sentía por ese viejo ciego 
ésta se vio disipada luego de leer toda su obra. Quería co¬ 
nocerlo bien ya un escritor se lo conoce por lo que escribe. 

Después de dos meses de lecturas averigüé en la guía 
telefónica su domicilio. Todas las tardes siguientes me ubi¬ 
qué en la esquina de Esmeralda y Córdoba mirando atenta¬ 
mente hacia la puerta de la vieja casa. Nadie salía ni entra¬ 
ba. Así pasaron once días. Al siguiente, decidí apretar el 
timbre del portero eléctrico. Una voz entrecortada que de¬ 
nunciaba el paso de los años me respondió: «He salido de 
viaje. Pronto regresaré. Deje su mensaje». Viejo ciego, me 
dije, todavía puedes caminar. Ya regresarás y entonces, 
( liando te encuentre, no viajarás más. 

Pasaron varios días y nada. Decidí esperar un mes más. 

Seguí vigilando en la esquina. Borges no se aparecía. 


- 47 - 



Sergio Si ipiimc 


Entonces me propuse averiguar en la farmacia de enfrente 

-¿El señor Borges no ha venido por aquí? 

El farmacéutico me miró como se miran a los locos, cor 
mucha lástima. 

-El señor Borges no vendrá más por aquí porque hac< 
tres años que ha muerto. 

Salí corriendo. Lo primero que se me ocurrió fue rom 
per a patadas la puerta de la casa del viejo maldito. Me 
sentía estafado. Pero quise cerciorarme bien de que e 
farmacéutico no me hubiera mentido. Apreté el timbre de 
portero eléctrico. La misma voz de la otra vez me contestó 
«Te dije que estaba de viaje. Si quieres matarme, espers 
que regrese». 

Todos los días, a las cinco de la tarde, espero con m 
puñal en la cintura la llegada del viejo ciego en la esquint 
de Esmeralda y Córdoba. 


- 4X - 


I in. 1 1 itc un juego 


Rodríguez 

Las luces estaban ahí, opacas, como un pasaporte al pa¬ 
sillo de gastadas butacas o a lo desconocido. El Teatrito de 
las Estrellas del Pueblo no podía competir a pesar de sus 
rojas candilejas con el Gran Teatro. 

Un día cualquiera del frío invierno se reunieron las 
aristocráticas damas de la Comisión de Beneficencia de 
( erro Chato y decidieron poner en marcha la constmcción 
del Gran Teatro. Para ello donaron, previa consulta noctur¬ 
na con sus respectivos maridos, la Criolla Estancia S.A. 
que era orgullo del poblado, con sus novillos y sus 
vaquillonas, sus toros de raza, sus ombúes, aguadas, casco 
tic estancia, peones con caballo y recado, su escuela, pe¬ 
llos amaestrados, galpones, establos, un jeep, dos camio¬ 
nes y tres tractores. 

La venta se concretó con ei consorcio American 
Mercosur & Company. Con el dinero recaudado se levantó 
un frondoso edificio blanco, cilindrico, con butacas forra¬ 
das en pana verde, excelente acústica, edificándose ade¬ 
más un restaurante en uno de sus laterales que incluía un 
gigantesco parnílero. Eue éste el teatro más suntuoso que 
se conoció en todos los alrededores, y quizás el más mo¬ 
derno del país. 


49 - 



Sergio Slipanic 


Así rezaba la placa metálica colocada hacia un costado 
de la entrada: 

«A qul se levanta la obra gloriosa de dignas damas que 
en aras del Arte y la Cultura de Cerro Chato supieron crear 
con bondad de espíritu» 

Y seguían los nombres de las nombradas. 

La tarde de la inauguración, desde tempranas horas del 
mediodía, los jardines engramillados comenzaron a pisarse 
por botas, alpargatas, pies polvorientos. Un cartel de consi¬ 
derable tamaño anunciaba la actuación especial del famo¬ 
so pianista norteamericano Peter Collins que ofrecería esa 
noche un concierto de gala. 

Mientras tanto, el canal de televisión preparaba sus equi¬ 
pos. Los locutores de la Radio Libertad habían ya comen¬ 
zado sus comentarios. La feria de artículos de exportación, 
instalada frente al teatro, se llenaba de curiosos. Había en 
los puestos mates labrados, realizaciones en cuero, vírge¬ 
nes talladas en hueso. Los puestos de venta de hamburgue¬ 
sas y cocacolas abundaban tanto como el vino que se ser¬ 
vía en forma gratuita. 

Sobre el fin de la calle Constitución, Don Paco Espinóla, 
propietario del Teatrito de las Estrellas del Pueblo espera¬ 
ba en la penumbra de tono enrojecido y difuso, liando un 
tabaco. Había contratado, en el afán de una competencia 
en la cual nadie creía, la comparsa de negros lubolos de 
Rodríguez, con su cuerpo de baile completo de morenas, 
tamborileros, escoberos, banderilleros, mamas viejas y 
gramilleros. Siempre fueron atracción segura. Pero ahora 


- so 



Final de un juego 


había Gran Teatro, pianista norteamericano, feria y funda¬ 
mentalmente, vino gratuito. 

El pianista arribó con las últimas luces del atardecer en 
helicóptero. Fue recibido por el Intendente, la Comisión de 
Damas, la Comisión Económica de Propietarios de Estan¬ 
cia, el Juez, el Cura y el Comisario. A su paso, entre manos 
que buscaban estrechar las suyas, aplausos, empujones, 
agradecía con un repetido ‘tenquiú». Vestía impecable frac, 
camisa blanca, moña roja. 

Mientras el pianista se trasladaba hacia el Gran Teatro 
las butacas de éste eran ocupadas por los miembros de las 
diecinueve únicas familias invitadas. El pueblo escucharía 
afuera, por los altoparlantes, el concierto. 

A la media hora, todo estaba listo. Peter Collins se sentó 
al piano. 

Los golpes uniformes, vibrantes, rítmicos de los 
tamboriles se sintieron cada vez más cerca. 

El piano se quedó mudo. Las manos crispadas con sus 
dedos curvos permanecieron quietas en un acorde que no 
alcanzó a oírse. Murmullos en la sala. Algunos jóvenes 
comenzaron a reirse. Los que daban ahora un concierto eran 
los tamboriles. Un concierto raro, palpitante, profano. Hd 
sonido lo abarcaba todo, lo rodeaba todo. 

Rodríguez llegó al jardín del Gran Teatro al frente de la 
comparsa de bailarinas de morenas piernas brillosas y cade¬ 
ras zigzagueantes al aire libre, de escobilleros envueltos en 
mantos de sedalina roja y azul que hacían girar sus escobi- 


- 51 - 



Sergio Slipanir 


lias por la espalda, el cuello, las piernas con medias negras 
los brazos; de banderilleros con enormes banderas mullico 
lores con símbolos africanos, de tamboriles que acelerabai 
los golpes a cada paso, de mamas viejas que reverberabai 
la noche con sus faldas adornadas por lentejuelas. 

La avalancha se produjo como una ráfaga de viento y í 
los dos minutos todos marchaban calle Constitución abajo 
al ritmo de la comparsa, hacia el Teatrito de las Estrella! 
del Pueblo. 

Más atrás, corriendo despavorida, levantándose la faldí 
del largo vestido de fiesta para correr más rápidamente 
Doña Clarita de Amondagaray, la presidenta de la Comf 
sión de Damas, llegó a alcanzar el comienzo de la colum 
na. 

Rodríguez... te vas a la puta que te parió! 


- 52 



l-'inal tic un juego 


Las flores del mal 


Charles Baudelaire recorrió la calle revieja que culmi¬ 
naba en el puerto. Descendió por Juan Carlos Gómez hacia 
el Bajo pisando con cuidado las baldosas para no salpicar¬ 
se. La lluvia de abril había cesado ahora. Cuando llovía las 
calles del Bajo se llenaban de gatos, corridas, olor nausea¬ 
bundo, reflejos enrojecidos de las marquesinas de los ba¬ 
res y misterio. El francés recordaba cuando unos años atrás 
había llegado en el «Clémenceau» y decidió quedarse para 
siempre en el puerto. 

Terminaba la función de un cineclub y los intelectuales 
salían del mismo discutiendo el filme de Bergman. Los 
bares del Bajo se llenaban paulatinamente de pasajeros 
nocturnos, seres lindantes con la bohemia y el abismo. De 
los conventillos salían gritos y puteadas. 

Iría a buscarla una vez más. Ella podría ser reina en esa 
noche. Ella era todas las que trabajaban en la noche del 
Bajo. Podía ser cualquiera, había muchas iguales a ella. 
Era una mujer en decenas de rostros y suspiros, en piernas 
al aire, en risas estridentes, en traseros notoriamente desta¬ 
cados por estrechas minifaldas. 

Charles recordaría en esa noche húmeda aquella can¬ 
ción que gustaba oir de su viejo amigo marino mientras 


- 53 - 



Sergio Stipanic 


bebían en los más lejanos puertos: 

Annie 

la femme belle 

c'est malade d'amour 

maladie ce qui trouble le coeur 

Sólo esa parte recordaría. De las ventanas de los bares de 
Juan Carlos Gómez asomaban las cabezas de las prostitutas. 

-¡Hola franchute! 

-¿Vamos a acostamos esta noche, corazón? 

-vení papá. 

Las mismas frases recontrahechas de siempre. Char¬ 
les Baudelaire escupió hacia el suelo. Metió sus manos en 
los bolsillos del pantalón para comprobar si aún le queda¬ 
ba algo de dinero. Luego enfiló sus pasos hacia el «Anda». 
De un manotazo abrió la puerta de vaivén. Allí estaba ella, 
como siempre, esperándolo. Ella podía ser Anie, así la lla¬ 
maba sólo él. Luego de beber unos whiskies salieron. Esa 
noche, como casi todas las noches se tomarían un taxi y 
se irían a buscar un hotel, barato, sucio, y en una pieza con 
olor a humedad y cama hecha de prisa se mentirían mu¬ 
tuamente con las piernas entrelazadas, los juegos prohibi¬ 
dos, las palabras dichas a medias por temor a estafarse y 
ser sinceros. 

Pasaron unos años. Gravemente enfermo, intemado en 
el hospital Maciel, solo, sin más compañía que la misericor¬ 
dia de una monja. Charles Baudelaire, en ratos de alucina¬ 
ción, recordaría sus caminatas por el Barrio Latino, la Pla¬ 
ce de la Concorde al final de la Avenue des Charnps 


- 54 - 



Final de un juego 


l'lysées, el Laperouse y, por instantes, a la morena del 
«Anda». 

Annie 

la femme belle 

c'est malcuie d'amour 

maUulie ce qui trouble le coeur 


- 55 - 



Sergio Sópame 


- 56 - 



I in.il do un juego 


El caudillo murió al 
anochecer 


No puedo morir así, lejos de lodo, lejos de mi vida, va- 
eío, desnudo. Quiero morir arriba de mi eaballo. Al galo¬ 
pe. Como en mi tiempo verdadero, no éste que es sólo una 
Corma de mentir, de matarme lentamente, irremediablemen¬ 
te, despacio, con días como noches, con noches como días 
largos y tediosos, con un desierto en la mente. El vacío. 
Ahora lo conozco. Muchos se fueron ya, otros se irán como 
me estoy acabando yo. Seco. En un catre. Estoy sin fuer¬ 
zas. ¿Dónde está el negro, Ansina, mi fiel servidor? Dios 
lo guarde muchos años. Yo luché por su raza contra la es¬ 
clavitud. Eso formaba parte de mi sistema. Esos negros... 
maltratados, dóciles, sin una tumba para descansar en paz. 

Quiero a Morito. Quiero que me traigan mi caballo. Esta 
gente que me rodea no me entiende. Quiero a Morito. 
(ialeano, si estás ahí tráeme a Morito. El animal representa 
la compañía que muchas veces los humanos no me dieron. 
Ahora es tarde. Si hubiera tenido más comprensión, menos 
intrigas, más lealtad en esos que me rodearon. Ahora ya es 
tarde. 

Viejo y todo, soy capaz de trotar varias leguas arriba de 
Morito. ipara que pensar! Estoy en paz con Dios en mis 


- 57 - 



Sergio Slipanic 


últimos suspiros. Ya se lo había escrito a Sarratea: «Podrán 
arrancarme la vida pero no envilecerme». Y sigo pensando 
lo mismo. Viejo necio! Creiste en muchos que no debías 
haber creído. Te burlaste del peligro en la batalla y no viste 
otros peligros. 

Todo lo tuve en mi mano. No me puedo quejar. ¿Cuán¬ 
tos años tengo? Ochenta, ochenta y uno... Soy rencoroso 
No olvido. Me quisieron llevar a mi tierra, ahora. Gaicano 
que ya no sirvo para nada, cuando ya estoy cansado, cuan¬ 
do voy a morir. 

Todavía se seguían peleando. Rosas, Oribe, Rivera... Y 
también los Pueyrredones... 

Para que seguir pensando. Yo quería algo más grande. 
Se lo mande decir a Sarratea, le escribí que la libertad de 
América era mi único anhelo. 

Pienso en Andresito. ¡Pobre mi muchacho! El sí que sa¬ 
lió bueno. 

Se portó como hombre de bien, premió a los virtuosos y 
castigó a los delincuentes. Como yo lo quería... 

Estoy viejo, ya no doy más, no puedo más. Los amigos 
me han faltado. Estoy viejo, gastado como el tronco de un 
árbol. Quisiera estar a la sombra del ybirapitá, mi compa¬ 
ñero. El vivirá más que yo. Hace muchos años que me vine 
al Paraguay. Como treinta! 

Demasiado tiempo Aquí me vinieron a ver algunos, 
recuerdo al francés sabio, a Bonpland. También recuerdo 


- 5X - 



Piñal de un juego 


al porteño General Paz. Buen hombre. Los López son mis 
últimos amigos. Además de Galeano. Antes iba a visitar a 
los López una vez por semana a Asunción. Kilos me traje¬ 
ron aquí. Si volviera a empezar... iQué juventud que tuve! 
lira valiente, fuerte, nunca le rehuí al peligro. Me llamaron 
uel coquito de la campaña». Tenía todo en mi mano y los 
españoles lo sabían. 

Recuerdo a Azara. De él aprendí muchas cosas. Qué 
hombre digno! iQué maestro! 

Como quisiera ver de vuelta el río. Sólo eso pido. Ir 
acaballo, a las orillas del Uruguay y escuchar el canto de 
los pájaros. 

Los años del contrabando. ¡CUálltOS hombres conocí, 
Galeano, que anduvieron en el trajín clandestino! Y eran 
valientes, sufridos. 

La pobre Rafaela. Hila no pudo entenderme cuando me 
sublevé. Y enfermó de locura. 

Voy a morir. Veo el río, mis amoríos con Isabel. Mis 
hijos. Mejor así viejo. Ya bastante has andado. Te has me¬ 
recido este descanso. 

¡Tráiganme mi caballo! ¡Galeano, te pido mi caballo! 


- 59 - 



Sergio Sópame 


- 60 ■ 



•inal de uii juego 


Santa María 


fin búsqueda del personaje recorrieron varios carnava¬ 
les de febrero en febrero, se inlemaron en el Mediomundo 
con la cámara fotográfica alerta, tomaron vino, hasta con 
repugnancia, en todos los boliches posiblemente frecuen¬ 
tados, revisaron palmo a palmo las calles reviejas del Ba- 
■ rio Sur, hablaron con las negras canosas que preparaban 
atados de ropa limpia para entregar a sus patrañas, llega¬ 
ran hasta el Brasil pretendiendo adivinar su presencia en 
los ritos profusos del «candomblé» donde Hxú oficiaría de 
primo lejano mediador y el aroma de cachaqa atraería al 
forastero irredento. 

Todo fue inútil. 

Los Políticos no intuyeron que el transhumante de esta 
historia estaba en el puerto, como siempre, tomando lenta¬ 
mente un vaso de vino tinto y comiendo con unción un 
filete pegajoso de pescado frito. 

Creyeron los Políticos haberlo visto caminando por la 
calle Sarandí. Hubo uno de ellos que dijo que quizás se 
hubiera ido a Buenos Aires. Finalmente, cundió el desáni¬ 
mo. No recibieron mucha ayuda de los habitantes del pue¬ 
blo. Estos, generalmente, escapaban al encuentro de los 
Políticos y algunos los confundían con predicadores evan- 


- (>l - 



Sergio Sópame 


gclislas. Pensaron que era larde. Hspecularon con una po¬ 
sible muerle accidental y oscura. 

II 

La luna presagiaba algo terrible, imprevisible. El negro 
Julián lo había leído en algún libro de cuentos o se lo había 
explicado la maestra cuando iba con túnica blanca a la es¬ 
cuela y los compañeros lo llamaban Cafeconleche. 

Siempre la luna era un presagio dentro de su hálito 
ambarino. Dos nubes se acercaban y el negro calculó que 
la luna se movía. El puerto estaba quieto. El olor de pesca¬ 
do frito en pésimo aceite salía en torbellinos de humo por 
la ventana de la cocina del bodegón. El vino corría allí como 
la sangre, violento, púrpura. Todas las noches eran iguales. 
A determinada altura de las discusiones sobre fútbol o po¬ 
lítica alguno pasaría de las palabras a las manos y luego 
sería serenado por los parroquianos más viejos y 
experientes. Pero para Julián eso no significaba nada. Sólo 
le importaba la luna en esa noche y ésta presagiaba algo 
tremendo. Por la calle angosta, con tachos de basura y ga¬ 
tos, pasó lentamente un camión viejo y midoso. El negro 
no quería mirar la luna. Sin embargo, picaro, como olvida¬ 
dizo, daba vuelta la cabeza y sus ojos se incrustaban en la 
gran bola amarilla. 

III 

Nadie en la ciudad podía olvidar ese domingo señalado 
en el calendario con números rojos. Hasta el hartazgo, los 
periódicos y los informativos radjales y televisivos habían 
anunciado el Plebiscito. Llegaba por fin el día y con él se 


62 



•mal ilc un juego 


acercaba el fracaso rotundo de los Políticos, imposibilitados 
de dar la respuesta mediante el hallazgo del personaje. 

Ese domingo, desde las 8 de la mañana, los habitantes 
mayores de edad estarían en sendas filas portando el voto 
en su mano derecha. 

Desde hora temprana los bolsos de las mujeres se llena¬ 
ban de empanadas, bananas, tortas y cocacolas. La reunión 
sería en la playa y los altavoces dejaban escuchar una me¬ 
losa voz femenina indicando el camino, voz que se 
intercambiaba con la música del pericón. El sol quemaba. 
Las olas marcaban el ritmo del viento y del reloj. Los mu¬ 
chachos suspendían el juego de voleibol ante el paso de 
alguna bella joven bronceada luciendo su llamante tanga. 
Silbidos. Aplausos. Era un día de fiesta. Los niños hacían 
castillos de arena y chapoteaban en el agua de la orilla. La 
presencia de los vigilantes con cascos de guerra y fusiles 
automáticos era innecesaria: nadie leía un libro en ese día. 
A cada minuto, más y más sombrillas se instalaban en la 
arena. El gentío congestionaba el tránsito de los vendedo¬ 
res ambulantes. 

Al mediodía, comenzaron a darse los primeros cómpu¬ 
tos de la votación. Normal y tranquila. Las cifras aumenta¬ 
ban. El voto era obligatorio. Con esfuerzo, los lisiados, luego 
de haber pasado dificultosamente por las urnas, llegaban a 
la orilla del mar y se mojaban la frente. Los sordos pare¬ 
cían entender el triunfo de los Militares y saltaban alegres 
cada media hora. Sólo los dementes estaban ausentes de la 
euforia colectiva y se dedicaban, impertérritos, a mirar el 
horizonte y las gaviotas. 


61 - 



Sergio Sópame 


Ninguno de los presentes deseaba retornar a su easa. 
Todos estaban adormilados por el espectáculo ya que ha¬ 
bían pasado muchos años desde que el decreto de prohibi¬ 
ción de reuniones públicas se hubiese implantado en la ciu¬ 
dad. De no ser por el plebiscito las playas hubieran estado 
desiertas. Las gaviotas volaban sobre las cabezas de los 
concurrentes. A las seis de la tarde cundió el miedo. En¬ 
tonces, la arena se fue quedando sin rubias, sin cerveza 
fresca, sin música, Los altavoces de la rambla suspendie¬ 
ron la transmisión. Hubo un gran silencio. 

Las gaviotas volaban de mil maneras diferentes y Julián 
creyó haber descubierto en ese vuelo una recóndita espe¬ 
ranza, un llamado a la cordura. Pero era tarde. Como rápi¬ 
da tormenta se acercaba la venganza. La luna lo había 
anunciado. Id agua del mar era ahora oscura y fétida, con 
olor a peces muertos. 

IV 

Por la noche los negros se encontraron en el Barrio Sur. 
Se dedicaron a empacar sus ropas y a regar las macetas de 
los patios, por instinto o por cábala. Se templaron las lon¬ 
jas de los tamboriles en improvisadas fogatas con papeles 
de diarios. En la ciudad todo se habíatransformado. Las 
sirenas de los vehículos policiales sonaban por doquier. 
Nadie osaba estar en la calle. 

El candombe inundaría esa noche el Barrio Sur con todo 
su ritmo. El candombe era la sal, el estímulo ardiente y 
pasional que corría a la par del sudor de los morenos. Julián 
se sintió tocado por esa furia infernal ( diabólica, que hacía 
más latente la locura de esa noche donde todos estaban ahí 


- 64 - 



['mal tli- un (liego 


sin conocer el mañana, corriendo de un conventillo a otro, 
bailando, apretando fuertemente a los negritos entre sus 
brazos, donde las morenas jóvenes y calientes se despe¬ 
dían de sus amantes fmgales. Ahora corría el vino como un 
río en la garganta, capaz de apagar la sed y el miedo. Un 
coro improvisaba un triste milongón que rompía en dos el 
cielo estrellado. Las últimas horas de la madmgada esta¬ 
rían destinadas a organizar el éxodo. 

V 

Los negros llegaban en bandadas a Santa María. Mu¬ 
chos iban a recalar en el astillero donde eran contratados 
por Larsen. 

Julián llegó a la pensión, una vieja casona que pertene¬ 
cía al español Manuel Cipriano de Meló, y alquiló una pie¬ 
za. Después que hubo dejado su ropa en el ropero, salió a la 
calle y se dirigió al barde enfrente, el £’ Berna». Allí pidió 
un vaso de vino tinto y se dispuso a observar a los parro¬ 
quianos. Después, enfiló hacia el astillero para pedir traba¬ 
jo. Era experto en carpintería. Larsen lo contrató. 

Al poco tiempo Manuel Cipriano de Meló falleció de un 
implacable ataque de tos, que le hizo fallar el corazón. Julián 
quedó a cargo de la pensión ya que el español no tenía 
herederos. Cuidó la vieja casona con mucho amor rebocán¬ 
dola y pintando a la cal todas sus piezas. Fue ron pasando 
los meses. Un buen día, llegó al puerto de Santa María un 
moderno barco francés. En él vino una delgada y perfuma¬ 
da rubia con un hombre bajito, encorvado y entrado en años. 
Decidieron quedarse en Santa María. Luego de recorrer las 
calles bajas del puerto se dirigieron al «Berna» a preguntar 


65 



Sergio Slipanic 


por alojamiento. Allí los enviaron hacia la pensión de Julián 
El empresario Doumont, trató con éste el alquiler de la pie 
za central, que tenía un gran espejo de rebordes dorados ) 
una confortable cama de dos plazas. A la francesa no l< 
gustó mucho la idea de vivir en la pensión y Julián lo intuí: 
aún sin conocer el idioma. Sin embargo el empresario I: 
convenció por la noche, luego de esperar que ella dejase dt 
llorar y se bebiese media botella de anís. 

La Francesa -como así la llamarían todos en Santa María 
salía por las noches con Doumont y regresaba sola y er 
estado de embriaguez por las mañanas. Su lenguaje españo 
era tan rudimentario como sus deseos de buena vecindac 
con los demás integrantes de la pensión. 

Al poco tiempo, Doumont desapareció. Mientras tanto 
la pieza central se llenaba por la noche de clientes de I: 
dama y el patio se transformaba en un iry venirde paso; 
nerviosos. 

VI 

Hl.domingo de Pascuas la Francesa se levantó tempra 
no. Fue al patio a buscar agua y se encontró con la mirad: 
penetrante de Julián, que estaba con el termo y el mate. 

- Bonjour- saludó la dama. -Felices Pascuas- le respon 
dió aquel. La Francesa entonces invitó al moreno para ur 
chocolate por la tarde, liste aceptó gustoso. Estaba de muj 
buen humor. 

- Tendré un invitado que quiere hablar con usted le con 
fesó la dama. 


- 66 - 



I'mal ilc un juego 


- Hs un hombre impórtame- siguió 

Por la tarde Julián se puso su traje blanco y un sombrero 
de fieltro, camisa a rayas y corbata púrpura. Fue puntual. A 
las seis estaba en la pieza central. 

Onetti, el Viejo (como lo llamaban todos en el «Berna») 
llegó poco después. Era el invitado. Luego de hacer las 
presentaciones la Francesa mostraba su mejor sonrisa a los 
dos hombres mientras corría desde la pieza a la cocina cui¬ 
dando el choco late. 

El Viejo fue concreto: Sabe, quería, hace tiempo, hablar 
con usted-. El negro frunció el entrecejo, para darse impor¬ 
tancia. Lo siguió mirando atentamente. Onetti encendió un 
cigarro cubano. Convidó a Julián y éste, que jamás había 
fumado, rechazó la invitación. La Francesa llegó con las 
tazas de chocolate. Yo voy a instalar en esta casa un 
quilombo-siguió hablando el Viejo. Usted va a ganar mu¬ 
cho-, terminó. 

El negro permaneció en silencio. Toda la ira provocada 
por las palabras de Onetti le hizo quemarse con la taza de 
chocolate recién servida. La dama, mientras tanto, se sentó 
nerviosa y observaba la cara del moreno. 

- ¡ Usted se va al carajo! -exclamó el negro luego de unos 
instantes. La reunión se suspendió de inmediato, entre la des¬ 
esperación de la Francesa y la sorpresa del visitante. Julián 
se fue printero, poniéndose violentamente el sombrero de fiel¬ 
tro. Cuando éste se retiró, el Viejo le confesó al oído a la 
dama: -¿Sabe usted? este negro es mierda... 


- 67 - 



Sergio Si jp;mic 


Vil 

Mientras Montevideo seguía intacta, detenida en el tiem¬ 
po, con el Palacio Salvo mirando al sur, con la música del 
pericón las librerías cerradas por clausura dictatorial, los 
mismos vigilantes, las mismas postales de Punta del Kste 
ofrecidas en los quioscos a los turistas, Santa María fue 
creciendo apresuradamente. De modo que el pueblo tradi¬ 
cional, de casas bajas, de vida sosegada, se fue llenando de 
inmobiliarias que vendían en dólares las viejas casonas co¬ 
loniales que luego serían remodeladas adosándole el aire 
acondicionado y los baños sauna. Aparecieron artistas de 
origen dudoso que instalaron sus galerías de arte y sus ta¬ 
lleres de cerámica, las firmas importadoras de automóviles 
japoneses, las agencias de viajes que prometían deliciosos 
tours por el Caribe y Miami, colegios bilingües y universida¬ 
des privadas, innumerables financieras que ofrecían crédi¬ 
tos por doquier. 

Julián se había tornado melancólico, hipocondríaco, 
distante. Frecuentaba el «Berna» con una asiduidad diaria. 
La pensión se había transformado en un elegante prostíbu¬ 
lo. Seis mujeres ocupaban sus piezas. Onetti, a quien ahora 
en el «Berna» llamaban Juntacadáveres, se había salido con 
la suya. Pin el amplio patio, ahora techado, se había instala¬ 
do un moderno minibar de luz tenue atendido con esmero 
por la Francesa, que, con su risa estereotipada ya por el 
paso de los años, la rutina y el tedio, complacía a los habitúes 
de turno que le contarían en pocos minutos sus penas amo¬ 
rosas. 

Uno de esos días de otoño, donde la llovizna se 
enseñoreaba de la ciudad, víctimas del alcohol, Julián y la 


- (>K 



Final de un juego 


Francesa se redescubrieron mutuamenle mientras ella le 
mostraba viejas fotografías y él se enternecía como un ado¬ 
lescente, secándole las lágrimas qu escapaban de sus ojos, 
l irado sobre la cama, luego de hacer el amor, el negro na¬ 
vegaba también en la penumbra del recuerdo y aparecían 
imágenes del Medio- mundo, del día del éxodo, de su hijo 
ignorado, de pasados carnavales. 

VIII 

Los Políticos se reunieron apresuradamente ese día de 
verano en Punta del Este luego de ver la foto del negro y la 
I rancesa en un diario de Santa María. Por fin habían encon¬ 
trado al personaje perdido en aquellos días del Plebiscito. 
Ahora todo podía cambiar. Julián era el eslabón en la his¬ 
toria darwiniana de la política uruguaya. Gorlero se llenó 
de papelitos y bailes en la calle. Todos recordaban el Ple¬ 
biscito y suponían que el fin de los Militares estaba cerca. 
Luego de una votación democrática decidieron dirigirse a 
Santa María en un moderno yate cedido para la ocasión 
por el Club de los Ingleses. Desembarcaron en las prime- 
tas horas de la tarde en el puerto de Santa María. Deposita- 
ion rosas rojas frente al monumento de los Inmigrantes si¬ 
tuado frente al astillero. 

Cuando llegaron a la vieja casona después de averiguar 
cu el «Berna» los atendió Naná, una de las prostitutas. 
Demasiado tarde. Julián, la Francesa y Oneflí habían em¬ 
prendido un día antes viaje a España, definitivo. 


- 69 - 



Sergio Slipanic 


- 70- 



I'inal ilc un juego 


Indice 

Prólogo.9 

Final de un juego. 11 

Moche de Thngos. 17 

Romanza. 19 

Amores de estudiante.25 

Again .33 

La estatua de la Libertad.35 

El viejo y el mar.39 

Caperucita .43 

Los cigarrillos apagados.45 

Esperando a Borges.47 

Rodríguez.49 

Las flores del mal .53 

El caudillo murió al anochecer . 57 
Santa María.61 


- 71 - 

















lista edición se terminó de imprimir en 
('atalonia Ltda 

Juan Antonio Rodríguez 1496 
en el mes de julio de 1998 
Depósito Legal N" 310- 575 





Sergio Stipanic 

Final de 
unj uego # 


ISBN: 9974-589-10-X 



9 789974 589100 


Sergio Stipanic nació en Montevideo 
en el año I 944. Maestro de escuela 
primaria y periodista se radicó en 
Dueños Aires en 1976 donde publicó El 
pescador perdido en 1980 y Punta de! 
Este, mate y candombe en 1982. En ese 
mismo año fue premiado en España en el 
concurso de cuentos “Ciudad de San 
Sebastián” con el cuento Candombe: el 
tiempo es único e irreversible. 

De regreso a su país publica en 1992 
una serie de cuentos para niños que titula 
('tientos para leer en la escuela. 

En 1993 sale publicado Con Iafrente 
marchita. 

En Buenos Aires desempeñó tareas 
periodísticas en el diario Clarín. En 
Montevideo edita en las páginas 
culturales del diario Ultimas Noticias 
habiendo sillo colaborador de El País 
Cultural y de otros medios culturales 
uruguayos. 


ISBN: 9974-589-10-X 



9 789974 589180 



Solaris